Estaba en el monte, donde las abuelas del barrio chocheaban diciendo que un gigante del bosque arrancó la cima y la tiró al mar. Así se crearon las famosas "rocas gemelas" de mi pueblo. Eso es verdad. Una amiga de la bisabuela de la hermana del que vivió en Rue du Port lo vio mientras cocinaba amapolas en un viejo junco. Élla lo vio. Era vasco, con barba, y con camisa de leñador. Sus brazos eran como troncos y sus palmas como cazuelas y su falo medía tres palmas. Todo un Gilgamesh euskaldún. Levantó el pedrusco. Cuando me contaban esto, no se porqué, me venía a la cabeza la imagen de un Iñaki Perurena del tamaño de cinco pinos. ZSHOOOOT! La roca voló como un meteorito, y allí se postró, al lado de un acantilado donde ahora hay una cueva al que acuden homosexuales para consumar y pecar y fornicar y eyacular.
Como he dicho, estaba disfrutando de la nieve. Haciendo snow con una cartulina mal cortada. Iba muy rápido. Rapidísimo. Tanto que salí volando como un meteorito y llegué a parar a unos arbustos que amortiguaron mi caída. Menos mal. Yo intentaba quitarme la nieve de mi cara cuando fui encrucijado por una mamá loba y su lobato. Mamá loba estaba furiosa porque casi lastimo al lobato. Me apretó los huevos con sus zarpas. Me obligó a mantener una charla filosófica sobre la domesticación de su especie, y me hizo pedir perdón por haber llegado a crear perros tan maricones como los Yorsay, y por vestirles. Lo hice. Luego soltó mis testículos. Luego desapareció. Luego me tumbé en la nieve. Luego me toqué un cojón. Estaba ahí, y el otro también,
y la cama
y la mesilla
y el móvil
y la tos
y el dolor de cabeza
y el aliento mañanero
pero ya era la tarde bien entrada.





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