La palabra pintada & ¿Quién teme al Bauhaus feróz?
Tom Wolfe
Anagrama (2010)
La arquitectura por su lado, con un
trasfondo socialista, se dedicaba a construir casas para obreros. Sin
ornamentos ni burguesadas, alejándose
lo más posible de ese servilismo a la clase adinerada o eclesiástica, para
quienes se había construido los mejores edificios a lo largo de toda la
historia. Wolfe desarrolla con ojo crítico, una retrospectiva y un poco ácido
toda la escena. Nos cuenta con gracia las luchas entre las escuelas de
arquitectura norteamericanas, esas guerras de camarillas, pero que aún así,
coinciden en haberse plegado a los “cajas blancas” importadas de Europa por los
alumnos de la Bauhaus. Wolfe insiste en repetidas ocasiones en esa idea de que
los arquitectos norteamericanos no han sabido elaborar un estilo propio, salvo
tal vez Frank Lloyd Wright – a quién por momentos critican.
Estas dos obras que aunque no tienen
necesariamente por qué ser leídas conjuntamente, toman más relevancia unidas por
constituir juntas una crítica al arte contemporáneo, por haber convertido el
arte en algo teórico más que práctico. Más claro agua “el Arte Moderno se ha
vuelto completamente literario: las pinturas y otras obras sólo existen para
ilustrar el texto” sentencia el afamado neo-periodista.
En realidad, seis años separan La palabra de pintada de ¿Quién teme al Bauhaus feroz? Pero el
trasfondo de la crítica es parecido. Tom Wolfe resume el cambio en el arte del
siglo XX en que se ha pasado de “ver es creer” al más exquisito “creer es ver”.
Las teorías de Clément Greenberg, Harold Rosenberg y Leo Steinberg pasarían a
rellenar las páginas de la historia y no así las piezas de Pollock, De Kooning,
Jasper Johns o Rauschenberg. Esta no es más que la conclusión que saca Wolfe,
pero el libro repasa de manera un poco rápida y con idas y vueltas en el tiempo
que llegan a perder en un mar de nombres, corrientes y movimientos al amateur
del arte. Pero el hecho de que el no-entendido se pierda con muchos de estos
nombres es otro síntoma de la misma enfermedad que diagnostica el autor, y es
que “el público no está invitado”. El arte, según Wolfe, ya no tiene porque
pasar la aprobación del publico, casi ni siquiera la de los compradores. Los
“nuevos ricos” se encargan de comprar costosas obras de arte, según lo que
creen que es lo más nuevo y rompedor.
El libro es una buena herramienta para la
masa de la gente que opina, generalmente, hoy en día que el arte ya no tiene
ningún sentido y que no vale nada. Les proporciona unos cuantos argumentos,
pero no desde la ignorancia sino al contrario, desde el conocimiento y con un análisis
histórico de los movimientos culturales de la época. Sin embargo es una crítica
constructiva, argumentada, y qué mejor que escrita con la pluma ácida de Wolfe,
que consigue sacarnos unas sonrisas hablando de un tema del que abundan más los
tratamientos más académicos y aburridos. No es un libro para quién no tienen
ningún interés en el arte, pero si se tiene curiosidad por la materia, es de
una gran utilidad. Sin duda una gran lección sobre la historia del arte, pero
conviene empaparse previamente con un buen paquete de información sobre las
corrientes artísticas para entender mejor lo que critica Wolfe. Sin entender ni
conocer el punto de vista de lo artistas de las corrientes retratadas en las
páginas de esta obra, las opiniones sacadas de ella serían superficiales e
incompletas. Aun así, Wolfe no critica el arte en sí, me refiero a las obras;
no pone en cuestión realmente su calidad artística ni su belleza, tal vez un
poco sí en el caso de los cubos de la Bauhaus y sus súbditos, sino su especie de perdida de rumbo y
más precisamente el hecho de que la teoría prevalezca sobre las obras
materiales. En el caso de la arquitectura, ataca principalmente el exceso de
funcionalismo a la hora de proyectar viviendas y algunas incoherencias a la
hora de innovar con sus propios dogmas.
De los cubistas a los minimalistas, junto con todas las camarillas de
arquitectos que se dedican más a hacer cubos blancos sobre papel y elaborar
teorías cada vez más incomprensibles, se salvan muy pocos. Wolfe pone a caldo a
todo ese mundo
Frank Lloyd White vale tanto como una cría que decora el apartamento de su Stacy Malibu.
ResponderEliminarWright es un dios
EliminarVamos que Wolfe hace aquí lo mismo que los dadaistas o, ¿cómo? El arte va tener siempre sus adoradores y sus detractores. Al final es como todo, cuestión de modas y gustos.
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