A menudo cuento la historia de que cuando mi padre estuvo viviendo de joven en París y trabajaba en Radio France International estuvo currando mano a mano con el padre de Manu Chao. Hace un par de años, ya metido en esto del periodismo, descubrí que Ramón Chao, el padre, escribía crónicas muy interesantes y colaboraba con Le Monde Diplomatique, un periódico mensual independiente de gran calidad al que yo llevo suscrito tres años. Desde entonces, acudo esporádicamente por su blog, y ayer me encontré con este artículo sobre su tendencia a inyectarse tinta en la piel, un poco como Aitor (para quién esta práctica ya se podría considerar casi una patología). Resulta que desde hace ya años, este aita bastante enrollado, que se fue de gira con sus dos hijos (miembros de Mano Negra) por latinoamerica, se hace un tatuaje por cada libro que publica. Pasen y lean.
Quizá no me lo crean, pero hace dos semanas me desplacé de París a Compostela para tatuarme. Como lo oyen; como lo leen : en una tienda llamada Eklipse, sita no lejos de la Herradura, Joakin, un artista, me estampó para siempre en el brazo derecho un dibujo de Saura (hecho para uno de mis primeros libros libros y firmado), y en el izquierdo me coloreó la silueta de Carolina Otero.
Adquirí esta costumbre, o manía, o capricho hace siete años en Colombia, cuando al final de la gira de Mano Negra por ese país escribí el libro El expreso del hielo y me dio por mantener su recuerdo impreso hasta el fin de mis días.
En el propio tren me plasmaron, cómo no, la estrella roja con la mano de mi hijo en medio. Dos símbolos (tres con el libro) de los que jamás podré renegar.
Luego se me ocurrió hacerme un tatuaje por cada libro que publicara, y así me hice una esfera de Eschler que simboliza el eterno retorno por Prisciliano de Compostela, y un toro embistiendo, del dibujante de “Le Monde” Wozniak, por Después de Franco, España. Firmado, como el de Saura.
Este de Wozniak me lo perforó Agustín el argentino en Santander, porque allí había ido a apoyar a un periódico anticonformista llamado La Realidad obligado a callarse a fuerza de procesos por haber denunciado abusos y corrupciones, y me pareció que va siendo hora de despertar a la bestia ibérica por cosas que valen la pena, no por interés electoral.
Ahora, como a los hijos y a los libros se les quiere por igual, empiezo a llenarme el cuerpo de cuadros y dibujos de libros anteriores que se reeditan. Ya tengo tema preparado para El lago de Como(una bruja de Bonifacio), así como para Son Adelfas ( un personaje de Ana Ardanza metido en una jaula) e incluso para libros en marcha : le tengo reservado a Miquel Barceló el alto de la espalda para que aproveche los fragmentos de despigmentación (vitíligo, en sabio),que me afecta. Y he venido a Mallorca para que me haga una polaroid y trabaje el dibujo el tiempo que yo tarde en rematar el libro.

Por supuesto, irá también firmado, y si la suerte me acompaña (que ya lo hizo la muy caprichosa curándome de una hemorragia cerebral), terminaré por dar mi cuerpo; no a la ciencia, sino a un Instituto de Bellas Artes.
No digo por presumir, mas sí afirmo con jactancia que soy un abanderado en esto de los grabados corporales. Durante siglos nuestra sociedad condenó los tatuajes, signos infamantes hechos a vece al fuego rojo, que identificaban a los presidiarios, ladrones y prostitutas.
El tatuaje tradicional de los marineros, de los presidiarios y de los bandidos implicaba el alejamiento de la sociedad “normal”, una afirmación de la virilidad asociada a la violencia. Muchos soldados desertores de la primera guerra mundial dejaron de tatuarse por miedo a que los reconocieran. Y ahora las prácticas de mutilación corporal, los tatuajes, piercings, branding, burning y otras intervenciones similares se extienden a los dos sexos y a todas las capas sociales.
El dolor del tatuaje, o del piercing, inevitable a pesar de la utilización de aparatos modernos como el dermógrafo, hace perdurar el aspecto iniciático del acto. En todas la épocas y en todas las civilizaciones los individuos trataron de identificarse a una tribu por medio del tatuaje; en la sociedad individualista moderna o posmoderna, el sello constituye la afirmación de una singularidad irreductible.
En una sociedad en la que todo es apariencia, el cuerpo se convierte en espectáculo para atrar las miradas. Mi caso va más allá. Si la suerte sigue de mi lado, podré exhibirme en un museo con recuerdos de la gente que más quiero.
que grande
ResponderEliminarEspectacular
ResponderEliminar